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Información del libro “La actuación frente al cambio climático”

Estimados Sres.: El motivo de ponerme en contacto con ustedes es para darles a conocer nuestro libro “La actuación frente al cambio climático“, editado, en agosto de 2009, por la Universidad de Murcia, en coedición con la Consejería de Educación, Formación y Empleo, de la C.A. de la R. de Murcia, la cual ha distribuido un ejemplar gratuito a todos los centros educativos de Primaria y Secundaria de la Región de Murcia.Se trata de una obra, muy ilustrada y con un elevadísimo número de datos actualizados, que combina el rigor y la precisión científicas con una redacción divulgativa y comprensible. Su objetivo principal es el de informar al ciudadano y a las instituciones sobre el cambio climático, acabar con toda la demagogia y falacias que han creado los lobbys sobre el cambio climático (para defender sus propios intereses, dividir a la opinión pública y retrasar la toma de medidas por parte de las administraciones), y que tengan mayor libertad a la hora de tomar las decisiones ambientales.Este libro divulgativo pretende ser una auténtica “Guía para un consumo sostenible” que contribuya eficazmente a paliar el cambio climático al que hemos llegado como consecuencia de un desarrollo insostenible. Por ese motivo y dada su versatilidad, va dirigido:

  • Al ciudadano de a pie, de cualquier edad y con cualquier tipo de formación académica,
  • A las Instituciones (organizaciones empresariales, sindicatos, Ayuntamientos, comunidades propietarios, organizaciones consumidores, grupos ecologistas, ONGs, Asociaciones de Vecinos, etc.)
  • A los profesores de ciencias de todos los niveles educativos como material curricular, para hacer más atractiva y útil su asignatura.

La evolución del mismo es muy satisfactoria, como lo demuestra el siguiente resumen:

En resumen, está teniendo una aceptación muy positiva, y confiamos en que su difusión contribuya notablemente a que los ciudadanos se comprometan éticamente para luchar contra el cambio climático que nos amenaza a todos sin excepción.

Muchas gracias por su atención y si lo creen conveniente les agradeceríamos la difusión de alguna reseña sobre dicha publicación o un enlace con la web del libro: www.laactuacionfrentealcambioclimatico.es

Un cordial saludo y quedo a su disposición de manera totalmente altruista, para cualquier ayuda que considere oportuna y que esté en mis manos.

Cayetano Gutiérrez Pérez

Y un día el mundo
se hizo desierto… 

     “Como un reloj que ya no cambia de hora o un canto que ya nadie escucha, el mundo, un día se hizo desierto”. Así comienza esta historia que se desarrolla, como no podía ser de otra forma, en el desierto.

     Los personajes principales son el Señor Cardón, una especie autóctona de cactus que siempre tiene los brazos en alto por su inagotable optimismo y su amigo Pierre, el testarudo montículo de piedras más antiguo del mundo.

     La tranquilidad –el aburrimiento, según Pierre– del desierto, es interrumpido por la llegada de Gavi, una gaviota que vio cómo retrocedían los mares y se secaban los bosques. Este ser desterrado se internó en el desierto para dejarse morir, pero el optimismo del Señor Cardón cambiará su historia.

     Se sumará al grupo Antonieta, una hormiga que dejó la apacible vida de palacio para trabajar de obrera y quien, desde entonces, busca los alimentos de toda su perezosa familia.

     Llegará  finalmente un pequeño de aspecto triste con un misión que cambiará  la vida de todos estos seres y, de alguna manera, también cambiará el mundo.

     Esta es la historia de seres que, por diversos motivos, dejaron de creer y de su camino por recuperar la esperanza en el mundo a través de la solidaridad. Propone un héroe colectivo cuya salvación sólo es posible a través de la generosidad de y hacia los demás. Es un relato con valores como la defensa de la ecología, la amistad y la necesidad del otro como única forma de salir adelante.

      “Y un día el mundo se hizo desierto” es la primera parte de la trilogía de las Historias del Señor Cardón. ¡Espero que la disfruten!

Guillermo Tangelson
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Susana Mota López, 29 de Nov. 2007

EL CALENTAMIENTO GLOBAL, UNA VISIÓN POÉTICA.

Selva eterna por siempre jamás.

¿Por qué somos tan necios hacia la destrucción de la Tierra?

La verdad es que es una lucha eterna e interna en contra de la propia destrucción y a favor de la preservación de la vida. La Tierra es el único planeta viviente y nuestra única casa en este vasto Camino de Santiago (La Vía Láctea). Que yo sepa, no hemos descubierto algún otro planeta similar al nuestro tan densamente poblado de bosques, selvas, animales y personas como nuestro amado planeta azul. ¡Ni de casualidad! Y nuestro deber es cuidarlo.

Encaremos nuestra propia conciencia. No perdamos nuestra capacidad de asombro. Pensemos con preocupación que nuestra atmósfera ha estado cambiando drásticamente en estas décadas. La sequía y las inundaciones han aumentado peligrosamente. Los cambios climáticos han erosionado nuestra salud y nuestra economía. Busquemos soluciones concretas y definitivas y llevémoslo a cabo. Para así poder loar:

“Verde, te quiero verde, verde,

el color de la vida y la esperanza,

por siempre jamás, selva perenne,

selva y bosque en lontananza.

¿No les da vergüenza la vacuidad que hay en sus corazones? ¿No están concientes de destruir sus propias vidas? ¿No piensan en el futuro de sus hijos y los hijos de los demás?

Nuestros recursos naturales se están desvaneciendo y nosotros podemos ayudar a detener esto que nos ahoga de aflicción. Pensándolo bien, la Tierra está lanzando alaridos de auxilio cada vez que hay una manifestación negativa de nosotros y toda la parafernalia industriosa del hombre. Sin embargo, parece que no cuidamos nuestro precioso objeto: la Tierra.

¡Salvemos el planeta, salvemos nuestra Tierra, salvemos nuestra madre naturaleza y salvemos nuestro futuro!

¡Ayúdanos a continuar luchando contra la destrucción del planeta!

Susana Mota López.

Historia de un árbol (fragmento) de Rómulo Calzada.

II

De pronto el bosque se estremece. Se oyen ruidos desconocidos: pasos de un animal que raras veces llega por esos lugares apacibles, pero que, siempre que llega, deja una huella de dolor, porque lleva la muerte: mata a los animales, hiere a los árboles, destroza a las flores… Sobre el hombro trae en instrumento de muerte. Mucho le temen los árboles. Un árbol viejo se inclina sobre su hijo como queriendo ocultarlo y le dice:

-Mira aquel animal que viene por ahí donde el sol es más brillante… Es un animal muy malo. Yo mismo tengo en mi tronco heridas que me hizo su maldad. ¡Dios te proteja, hijo mío!-

-¡Pero, quién es ése animal?-pregunta el curioso hijo.

-Es un animal, el único que se destruye así mismo. Construye grandes ciudades y después las arruina, sembrando la muerte y la desolación. Crea grandes civilizaciones y después las destroza. Hiere por gusto, por deseo de maldad. Dicen que es un animal que está enfermo de aburrimiento. El hastío es su mal mayor. Posee todos los atributos de los animales malos y muy pocos de los buenos: unas veces es sinuoso como la serpiente y astuto como el zorro; otras es cruel como el lobo y cobarde como el ciervo; raras veces es valiente como el león, menos veces es fiel como un perro y mucho menos es tierno como una paloma. También posee atributos que ningún animal posee. Posee la mentira, con la que corrompe todo, hasta su alma. Posee la calumnia, con la que destruye las almas, la honra, la paz de otras almas. Posee la envidia, la que le ciega su alma rencorosa y lo impulsa a hacer mucho mal sobre la tierra. Acumula riquezas que después lo hacen infeliz porque teme que se las quiten. Sobretodo, posee un raro don que dice Dios le dio: el lenguaje. ¡Cuánto mal hace con ese don y muy pocos bienes! Casi siempre sale de su boca la palabra que injuria, la palabra que ofende, la palabra que como una saeta envenenada e invisible, se clava en el alma haciéndola sufrir horriblemente. Muy pocas veces sale la palabra que consuela, que alienta, que acaricia… Es un animal que guarda las ofensas como una ponzoña con que envenena su propia alma. Su maldad es infinita. Míralo como golpea, con su infernal instrumento de muerte, a tus hermanos. Se ha proclamado el rey del universo, porque cree que sólo él tiene alma. Es morboso hasta en el dolor y cree que sólo él sufre. No cree que los pájaros sufran, y les mata a sus hijos, les destruye su hogar. Los ve amar tan tiernamente y no cree que sufran. No ha comprendido que el tristísimo canto de la alondra es el canto que llora un amor muerto. No sabe que el nocturno canto del ruiseñor es el dolor, transformado en canto, de un amor imposible. No sabe que el lúgubre rumor de nuestras frondas en las noches negras, es el alma de los árboles que llora a los árboles muertos. No sabe  del alma de las cosas, del dolor callado de las cosas. Su egoísmo, como su maldad, no tienen límites… Posee el raro don de la imaginación, y por medio de ella su fantasía del mal descubre mil formas de tortura, pero esa misma imaginación es su condena, por ella su dolor es infinito. ¡Pobre animal enfermo. . . ¡-

-¿Pero, quién es?-inquirió el árbol hijo.

-¡Es el hombre!-dijo tristemente el árbol viejo…

Y el hombre llegó hasta los árboles que platicaban. Oyó murmullos, voces mil desconocidas que salían del bosque, pero no entendió nada. Los pájaros huyeron espantados y armando una gritería angustiosa. Lo árboles se estremecieron en su dura materia. Sólo el arroyuelo siguió su eterna canción, prisionero en su cárcel de rocas…

¡Y el hombre hirió a los árboles, como hiere siempre, inconscientemente!

-Este me agrada-dijo satisfecho.

Y comenzó su tarea de muerte. Hirió terriblemente al árbol hijo. Sangraba éste por las heridas su transparente sangre, y sus hojas, desfallecidas, sabían del pronto hundimiento de muerte. El hombre siguió su labor de destrucción hasta que el árbol rodó por tierra. De él cortó el hombre un pedazo, se lo echó al hombro y se alejó de la selva, dejando la mayor parte del árbol, que ahí quedaba para pudrirse y abonar la tierra y florecer nuevamente en flores del campo, en otros árboles, por la ley eterna de la vida…

Y por la noche hubo himnos lúgubres y sombríos de frondas: ¡el alma de los árboles lloraba al árbol muerto…!